Yo era tu hermano menor, a mis veinte años no había logrado tener aunque sea una pareja, en cambio tú a tus treinta años eras exitoso y te pusiste en forma, yo aún estaba en la universidad, muy fuera de forma y convencionalmente poco atractivo. No hace mucho te casaste con tu mujer Isabela, una modelo de veinticinco años.
Siempre pensé que estaba buena y supongo que se daba cuenta de mis miradas, ya que se negaba a tenerme cerca de tu casa a menos que fuera un evento familiar, incluso rechazaba mis invitaciones cuando los invitaba a los dos a cenar.
Me ha costado por años sólo hablar con las chicas y aún más, casi imposible, tratar de salir con una y supongo que decidiste que podías ayudarme intercambiándonos. Todo lo que teníamos que hacer era ponernos unos anillos y chocarlos para intercambiar nuestros cuerpos. Hiciste el trato de que me conseguirías una cita a la que yo iría mientras yo podía quedarme en casa jugando a videojuegos.
Me pareció justo, pero cuando tu mujer llegó a casa del trabajo no pude evitar volver a mirarla, pero esta vez le gustó. Se sentó a mi lado y no dejé de mirarle las tetas.
"Si tanto quieres verlas, no tienes más que pedírmelo", dijo riéndose antes de quitarse el sostén.
No podía creer que por fin pudiera verlas. Le pedí que las sacudiera un poco y lo hizo. Te envié un mensaje y, por supuesto, me dices que pare, pero no creo que pueda. Nunca podría conseguir una chica ni remotamente cerca al nivel de Isabela. Tengo que aprovechar esta oportunidad.
Mientras tu estabas fuera intentando y fallando en conseguirme una cita, yo estaba de vuelta en tu casa tirándome a tu ardiente esposa. Para cuando llegaste a tu casa no había nadie, yo ya había llevado a mi nueva esposa a un hotel para disfrutar solos esa noche. De igual manera no puedes revertir nada, dejé mi anillo en la basura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario