Un reto de cuerpos
Ese horrible momento en el que te despiertas y entiendes que tú madre se tomó radicalmente en serio eso de pasar el día en sus zapatos…
Mi madre y yo nunca tuvimos una buena relación, desde pequeño yo era mucho más cercano a mi padre y me disgustaba todo lo que tenía que ver con lo femenino. Mi madre, en cambio, era completamente femenina; ella amaba pintarse las uñas, comprar vestidos e ir de shopping con sus amigas.
Nunca tuvimos problemas hasta que falleció papá y ambos nos vimos forzados a socializar más. Mamá a veces trataba de iniciar conversación conmigo recordándome que ella me llevó en su vientre y cambiaba mis pañales pero nada funcionaba, éramos completamente opuestos.
Por cierto tiempo nos aguantábamos hasta que entré a la universidad y todos los días mi mamá se quejaba de mi estado de ánimo… Siempre me escuchaba quejarme de lo ilusa que era la juventud y lo mucho que detestaba a los cientos de alumnos con interés político. Además, a mamá le decía lo mucho que me incomodaban los homosexuales. Mamá simplemente me miraba decepcionada, consideraba que era muy egoísta y que debía empezar a salir de mi zona de confort; además, de que apreciaría que haga por lo menos un amigo en la universidad. Mamá sentía que yo estaba desperdiciando mi juventud.
Sin embargo, esa no fue la gota que colmó el vaso. Una noche regresé de clases y me quejé con mamá sobre la cantidad de chicas que me hablaban pero que no me gustaban por la zona donde vivían o su forma de hablar. Mi mamá se enojó repentinamente y empezó a criticarme.
— ¡Eres imposible! —dijo mi madre tirando su bolso sobre la mesa—. Todo el día te escucho quejándote de lo aburrido que es el mundo, de lo vacías que son las personas, pero no haces nada para cambiar tu vida. ¡Eres joven, por Dios!
—No es tan fácil como lo pintas, mamá —respondí, dejándome caer en el sofá—. Tengo aspiraciones, y no voy a perder el tiempo con gente que no me aporta nada. No todos pueden ser superficiales como tú y tus amigas de las uñas pintadas.
—¡Ah, claro! Porque salir con mis amigas y disfrutar de la vida es ser superficial, ¿no? —replicó, cruzándose de brazos—. A veces me pregunto si de verdad tienes veinte años. ¡Pareces un viejo amargado que no se da cuenta de lo que tiene enfrente! Yo mataría por volver a tener tu edad.
—¿Mi edad? —me burlé, sin levantarme del sofá—. Crees que tener veinte es tan divertido, pero todo es una farsa. Si yo tuviera tu vida, sería mucho más feliz. No me complicaría con tonterías como ir de compras o salir a tomar café.
—¿Más feliz? —soltó una carcajada irónica—. ¡Por favor! No durarías ni un día siendo yo. No tienes ni idea de lo que es ser madre, de trabajar, de lidiar con todas las cosas que hago para mantener esta casa en pie. Piensas que mi vida es solo “ir de compras”, pero no podrías con el peso real.
—¿Y tú? —repliqué—. Dices que desperdicio mi juventud, pero si fueras yo, tampoco durarías. Estarías más frustrada aún. ¡La universidad es un caos, las chicas son superficiales, y no hay nadie con quien realmente valga la pena hablar! Apuesto a que no sabrías manejar ni una sola clase, ni lidiar con la gente que tengo que aguantar.
—¿Eso crees? —me miró, desafiándome con los ojos entrecerrados—. A ver si te atreves a vivir un solo día en mis zapatos. Estoy segura de que acabarías llorando antes del mediodía.
—¡Claro! —me levanté, encarándola—. Y tú no durarías ni una mañana en los míos sin quejarte de todo.
—¡Trato hecho! —dijo ella, con los ojos encendidos de rabia—. Si pudieras vivir lo que yo vivo, aprenderías lo que es de verdad tener responsabilidades. Pero no, prefieres hacerte la víctima y mirar por encima del hombro a todo el mundo.
—¡Ya lo veremos! —respondí, molesto—. No tienes idea de lo fácil que sería ser tú.
Nos quedamos en silencio un momento, mirándonos fijamente. Algo en el aire cambió, como si las palabras hubieran sellado un pacto. No lo sabíamos entonces, pero esa noche iba a cambiarlo todo.
Desperté sintiéndome extraño. Algo estaba mal, lo sentía en el peso de mi cuerpo, en la suavidad de las sábanas… y en el hecho de que no estaba en mi cuarto. Abrí los ojos de golpe y me di cuenta de que estaba en el cuarto de mi madre. Todo a mi alrededor gritaba “femenino”, desde los espejos hasta los perfumes alineados en su tocador. Me levanté de la cama, sintiendo un peso incómodo sobre mi pecho. Bajé la vista y, para mi horror, vi senos. Senos que eran míos.
—¿Qué carajos…? —susurré, mi voz sonando tan distinta, más suave, más… femenina.
Con el corazón latiendo a mil por hora, corrí al baño. Frente al espejo, lo confirmé: el reflejo que me devolvía la mirada no era el mío. Era el de mi madre. Tenía su cabello largo y castaño cayendo sobre los hombros, sus facciones… ¡era ella!
—¡No puede ser! —grité, llevándome las manos al rostro, sintiendo el pánico subir por mi garganta.
Con mucho disgusto y nerviosismo, me obligué a usar el baño. Todo era demasiado incómodo, aterrador. “¿Cómo pasó esto?”, pensaba una y otra vez, tratando de procesar lo imposible. Una vez terminado, me lavé las manos y me quedé un segundo más mirándome en el espejo, como si eso fuera a hacerme despertar de la pesadilla. Pero no. Esa cara seguía ahí.
Salí del cuarto de mi madre y bajé las escaleras con pasos vacilantes, aún tratando de entender qué había pasado. Al llegar al salón, vi a mi cuerpo. Mi propio cuerpo, sentado tranquilamente en el sofá, viendo la televisión.
Mi cuerpo volteó y sonrió.
—Buenos días, cariño —dijo mi madre con una sonrisa burlona, usando mi voz—. Acepto el reto gustosamente.
—¿Qué…? ¿Qué hiciste? —balbuceé, sintiendo el pánico crecer—. ¿Por qué estoy en tu cuerpo? ¡Devuélveme el mío!
Ella soltó una risita.
—Oh, tranquilo, no es tan malo. De hecho, me parece bastante interesante. Sabes, creo que la vida de un joven como tú va a ser mucho más divertida y fácil que la mía. Además, siempre quise saber cómo se siente ser un varón.
—¡No puedes estar hablando en serio! —le grité—. ¡Esto es una locura! ¿Qué has hecho?
—Yo no hice nada, cariño —respondió, encogiéndose de hombros—. Pero ya que estamos así, lo mejor será que nos adaptemos, ¿no crees? —Y comenzó a imitarme, caminando como yo, con esa actitud despreocupada—. Hola, soy un chico muy maduro para mi edad y todo el mundo es un idiota menos yo.
—¡Basta! —le grité, sintiéndome impotente—. ¡Esto no es un juego!
—Para ti no, tal vez —respondió con una sonrisa burlona—. Pero yo voy a disfrutarlo.
Frustrado y sin más opciones, cerré los ojos un momento y respiré hondo. Si ella quería jugar, entonces jugaríamos.
—Está bien —dije, mirando hacia la cocina—. Si eso es lo que quieres, entonces voy a ser tú. Vamos a ver quién dura más.
Con determinación, me dirigí a la cocina para preparar el desayuno, tratando de ignorar lo raro que se sentía todo. Los movimientos no eran míos, y el olor a café me hacía sentir extrañamente incómodo, como si todo en esta nueva realidad no encajara. Pero lo haría. Me aseguraría de ello.
Cuando terminé y salí del comedor, escuché la voz de mi madre —en mi cuerpo— desde el salón.
—¡Vaya, te demoraste! —dijo con tono burlón—. Por cierto, en una hora tengo que ir a la universidad. No me tardo, ya sabes lo divertido que es ser yo. —Me guiñó el ojo.
Fruncí el ceño, apretando los dientes. Esto iba a ser un largo día.
Perspectiva de Alex en el cuerpo de Teresa:
Tras esa horrible conversación con mi ‘hijo’ entré a la cocina a hacer lo que me tocaba: el desayuno. Claro, no tenía idea de cómo empezar. Abrí el refrigerador, saqué lo primero que vi —huevos, pan, algo de tocino— y traté de cocinar algo rápido. El resultado: un desayuno medio quemado que ni yo quise probar.
Mi madre, sentada en la mesa en mi cuerpo, lo miró con una mueca de asco.
—Mmm… delicioso —dijo con sarcasmo, antes de engullir todo rápidamente—. ¿Sabes? No sabía que cocinar mal fuera parte de tu plan.
—Es mi primer día —respondí secamente.
Tras desayunar, me dejé caer en el sofá frente al televisor, pensando que había cumplido mi parte. No tenía nada más que hacer, ¿cierto? Ahora que era mamá podía quedarme en casa y terminar de ver Naruto. Pero antes de salir hacia la universidad, mi madre —en mi cuerpo— se detuvo en la puerta.
—Ah, por cierto, cariño, no olvides limpiar toda la casa. Es tu trabajo ahora, ¿no? —dijo con una sonrisa burlona antes de marcharse.
Suspiré, frustrado. Limpiar… claro. Me puse manos a la obra y, lo que pensé que serían unas horas de trabajo, terminó ocupando todo el día. Cada rincón, cada mueble… todo parecía una tarea imposible. Además me daba asco lavar la ropa, realicé esa tarea enojado con mamá por no haberlo hecho antes de nuestra discusión. Lo único chistoso fue darme cuenta de que agarraba la ropa interior de mi ‘hijo’ como si nada, pese a que esta se encontraba pegajosa, mientras que mis calzones e brasieres de ‘mamá’ me parecían repugnantes y los agarraba lo mínimo posible.
Cuando terminé, el agotamiento me venció. Solo quería dormir. Pero para colmo, mi madre se encerró en mi habitación, dejándome sin posibilidad de hablar con ella ni de descansar adecuadamente.
Los días siguientes fueron parecidos. Me acostumbré a preparar el desayuno, aunque seguía sin ser una obra maestra culinaria. Al menos, Mamá —o mejor dicho, ella en mi cuerpo en mi cuerpo— dejó de fastidiarme tanto con críticas. Y, poco a poco, fui mejorando en la limpieza. Empecé a hacerlo más rápido y me quedó tiempo libre.
Fue entonces cuando me di cuenta de algo extraño. En lugar de correr a la consola de videojuegos, como habría hecho antes, algo me llamaba más la atención: el sauna. Era raro, pero sentía una necesidad creciente de relajarme, y ahí fue donde empecé a hacer amigas, otras mujeres que iban a desconectar de la rutina. Ya no me interesaba tanto en los juegos; algo dentro de mí estaba cambiando, sin que me diera cuenta.
Sin darme cuenta, mis días comenzaron a cambiar por completo. Ya no me preocupaba tanto por terminar las tareas de la casa o correr a los videojuegos. Ahora pasaba gran parte del día chismeando con mis nuevas amigas del sauna. Parecía que siempre había algo de lo que hablar: qué chica había tenido problemas con su marido, quién había estrenado un bolso nuevo, o cuál era el mejor lugar para comprar ropa esta temporada. Incluso ya había perdido el interés del primer día de quedarme viendo a las demás mujeres en el vestidor.
—Ay, Teresa, tienes que venir con nosotras a ese lugar que te conté —me decía una de ellas mientras nos relajábamos en la cámara seca—. Es perfecto para hacerte las uñas, te van a quedar preciosas.
Y aunque en otro tiempo eso me habría parecido un desperdicio de dinero, ahora me encontraba diciendo:
—¡Claro! ¿Por qué no? Hace tiempo que no me doy un gusto.
Así que, cuando podía, me unía a ellas para hacernos las uñas o salir a comer a esos restaurantes bonitos que tanto mencionaban. El dinero que mi padre dejó como herencia, que en un principio había reservado para consolas y videojuegos, ahora lo estaba gastando en cafés elegantes, manicuras y almuerzos tranquilos con mis amigas.
Era extraño… pero al mismo tiempo, me sentía más relajado, como si todo aquello fuera lo normal.
Un día decidí quedarme a almorzar en el restaurante del club después de una larga sesión de sauna. El hambre me estaba matando, y la idea de volver a casa solo para hacerme algo de comer no me entusiasmaba. Además, sabía que mi “hijo” volvería tarde, así que no tenía sentido cocinar solo para mí. Me senté en una mesa cerca de las ventanas, disfrutando la tranquilidad del lugar mientras me traían el menú.
Pedí algo ligero, una ensalada y un jugo natural, siendo mamá ya no podía pedir alguno de esos platos con carnes gigantes y harinas. Mientras esperaba la comida, un hombre, de unos cincuenta años quizás, se sentó a mi lado. Al principio no le presté mucha atención, pero luego empezó a hablarme. Parecía bastante normal, una conversación casual sobre el clima, lo bien que se veía el club últimamente, ese tipo de cosas. Pero había algo en su tono, en la forma en que me miraba, que me hacía sentir raro… raro en el buen sentido.
Sus palabras, aunque simples, me hicieron reír de una manera que no esperaba. Me encontraba sonriendo más de lo que debería, y, por primera vez desde que todo esto del intercambio sucedió, sentí algo en mi estómago, como mariposas revoloteando. No era un sentimiento que hubiera experimentado antes, al menos no así.
—¿Te gustaría salir conmigo una de estas noches? —preguntó de repente, con una sonrisa que me descolocó.
Lo miré, sorprendido, pero en lugar de sentirme incómodo o asustado, me reí de nuevo, un poco nervioso.
—¿Una cita? —pregunté, todavía procesando lo que acababa de pasar.
—Sí, ¿por qué no? Nos la pasaríamos bien, estoy seguro.
Algo dentro de mí me decía que esto era una locura, que no debería siquiera considerarlo. Pero entonces recordé que, por ahora, yo no era Alex, el chico que solía ser. Yo era Teresa, una mujer en sus cuarentas que podía hacer lo que quisiera. Así que, antes de pensarlo demasiado, sonreí y respondí:
—De acuerdo, suena bien.
Quedamos en una fecha y él se despidió de mí, besándome en el cuello.
Una semana había pasado desde aquella conversación en el club, y, contra todo pronóstico, me encontraba de nuevo sentada en el restaurante, esta vez frente a él, Federico. Habíamos mantenido el contacto casi todos los días, y no podía negar que sentía algo que no había experimentado antes, una especie de emoción que me hacía pensar en él incluso cuando no estábamos hablando.
Federico era encantador. Desde el momento en que me senté a la mesa, supo cómo hacerme sentir especial, halagándome con sus palabras, riendo de mis bromas y haciendo que olvidara, aunque fuera por un momento, el hecho de que estaba atrapado en el cuerpo de mi madre.
Durante la cena, me di cuenta de que estaba, extrañamente, disfrutando todo aquello. Me sentía diferente, más liviano, más despreocupado. Y cuando Federico me tomó la mano al final de la cena, sentí una conexión inesperada.
—¿Te gustaría ir a mi casa un rato? —preguntó suavemente, sus ojos fijos en los míos.
Dudé por un momento, pero esa duda se desvaneció cuando recordé lo bien que me había sentido con él. Asentí con una sonrisa, y poco después, nos encontrábamos en su casa, donde pasamos la tarde. Federico fue increíblemente cariñoso, y aunque la situación todavía me parecía surrealista, me dejé llevar. En ese momento, no era Alex en el cuerpo de Teresa. Era simplemente Teresa, disfrutando de un momento de afecto y cariño que no había tenido en mucho tiempo.
Perspectiva de Teresa en el cuerpo de Alex:
Teresa, ahora en el cuerpo de Alex, se dejó caer en el sillón frente al televisor mientras su hijo, en su cuerpo, intentaba preparar el desayuno. Estaba viendo fútbol, algo que nunca le había interesado, pero al parecer era parte del paquete de “ser varón”. Estaba dispuesta a intentarlo todo, aunque su atención no duró mucho, ya que el olor a quemado que venía de la cocina le indicaba que el desayuno estaba listo.
Al sentarse en la mesa y probar lo que su hijo había cocinado, arrugó la nariz.
—Esto sabe… horrible —dijo, burlándose—. ¿En serio? ¿Ni siquiera puedes freír un huevo sin quemarlo? ¿Cocinar mal era parte de tu plan?
Se levantó de la mesa y subió las escaleras para alistarse. Lo bueno de estar en un cuerpo masculino, pensó mientras entraba al baño, era que no tenía que preocuparse por las largas sesiones de maquillaje ni por las complicaciones de sentarse para usar el inodoro. Era todo mucho más rápido. Se miró en el espejo al terminar de vestirse y no pudo evitar morderse los labios al observar el cuerpo de su hijo, ahora el suyo. Musculatura joven, facciones definidas. “Es un buen cuerpo”, pensó con cierto orgullo. Su mente femenina, pese a que era el cuerpo de su hijo, no pudo resistirse a apretar los bíceps pero paró al sentir que su entrepierna se endurecía y crecía.
Bajó las escaleras y encontró a Alex, en su cuerpo, tirado en el sofá, viendo la televisión en lugar de hacer las tareas que ahora le correspondían como madre.
—¿De verdad? —le recriminó—. ¿Así piensas pasar el día? Tienes mucho por hacer, y la casa no se va a limpiar sola. ¡Ahora agarra la escoba y limpia la casa mujer!
Sin esperar respuesta, salió de la casa y tomó el transporte público hasta la universidad de su hijo. El camino le resultó interesante, observando el mundo desde una nueva perspectiva. Todo parecía más sencillo sin tener que cargar con las preocupaciones y los gestos que solía hacer como mujer. Además, procuraba esforzarse para no incomodar a la joven que estaba sentada frente a Teresa, intentado que su miembro no rocé a la muchacha.
Tras llegar a la universidad y entrar a la clase que tenía Alex, Teresa notó a un par de chicas lindas cerca de una silla libre. No llegaba el profesor. Pensó que sería divertido socializar un poco, así que se acercó y se sentó junto a ellas.
—¡Hola! —les dijo con una sonrisa—. ¡Qué lindos labiales llevan! ¿Les gusta el maquillaje? Últimamente no he tenido tiempo de comprar nuevos, pero tengo un tono que les encantaría.
Las chicas se miraron entre ellas, sorprendidas, pero sonrieron.
—Sí, nos encanta el maquillaje. ¿Te gustan las telenovelas? —preguntó una de ellas, como si estuviera tratando de confirmar algo.
Teresa, sin pensarlo mucho, comenzó a hablarles sobre las últimas telenovelas que había visto y sus opiniones sobre el maquillaje. Mientras tanto, las chicas intercambiaban miradas, claramente convencidas de que el hijo que Teresa representaba debía ser gay.
Teresa llegó a casa después de su día en la universidad, con una sonrisa que no podía ocultar. Subió rápidamente las escaleras y se encerró en el cuarto de su hijo, el que ahora le pertenecía. Se tiró en la cama, sacó su teléfono y comenzó a revisar Instagram. No tardó en encontrarse con las notificaciones de las nuevas amigas que había hecho esa mañana. Entre mensajes, memes y comentarios, intercambiaban chismes y planes para reunirse después de clases.
Los días pasaron y aquellas chicas la introdujeron a su grupo de amigos, un grupo diverso y divertido que le daba una frescura que hacía mucho no sentía. Entre ellos, Teresa congenió rápidamente con un chico maquillado, siempre impecable, lleno de energía y con una forma de ver el mundo que la fascinaba. Compartían casi todas las clases y, fuera de ellas, pasaban mucho tiempo juntos. Iban a la cafetería, paseaban por el campus y se sentaban en el césped a conversar.
Una tarde, mientras estaban sentados bajo el sol, el chico la miró de una forma diferente, más intensa. Luego de un largo silencio, tomó aire y le confesó:
—Alex, creo que me gustas… en realidad, me gustas mucho.
Teresa se quedó congelada por un segundo, sin saber qué responder. Lo primero que vino a su mente fue la imagen de su hijo, Alex, ese chico tan poco interesado en la vida social, siempre desconectado de lo que le rodeaba. “¿Qué pensaría él si supiera esto?”, se preguntó. Pero luego recordó lo tonto que él solía ser, lo rígido, lo incapaz de disfrutar la vida como ella lo hacía ahora.
—¿Sabes qué? —dijo Teresa, con una sonrisa que se fue ensanchando—. A mí también me gustas.
Sin pensarlo demasiado, se inclinó hacia él y lo besó. En ese momento, decidió que, por ahora, ser la pareja de este chico era lo que quería.
Teresa, en el cuerpo de su hijo, estaba disfrutando una tarde tranquila con mi novio, Julián.
Habíamos pasado toda la tarde pintándonos las uñas, algo que hacía que me sintiera cómoda en mi nueva piel. Julián y yo nos reíamos mientras elegíamos colores y comentábamos sobre lo bien que se veían nuestras manos.
—Me encanta cómo se ve tu cuerpo —dijo Julián, mirándome con ternura—. Eres perfecto.
Me sonrojé, algo que no solía hacer cuando estaba en mi propio cuerpo. Pero el afecto de Julián me hacía sentir tan segura, tan querida. Nos abrazamos y valoramos mutuamente, disfrutando del tiempo que pasábamos juntos. Sin embargo, mientras nos tomábamos de las manos, Julián me miró con seriedad.
—¿Cuándo me vas a presentar a tu familia? —preguntó de repente—. Me encantaría conocer a tu mamá y saber más sobre ti.
El corazón me dio un vuelco. No estaba segura de cómo manejar esa situación. ¿Presentarle a Julián a Alex, en mi cuerpo, sin que se diera cuenta de que algo raro estaba pasando? No podía decirle la verdad.
—Podríamos hacerlo hoy —le dije, sin pensarlo mucho. Julián sonrió y me besó la mejilla. Salimos a tomar un bus y terminamos yendo a un restaurante de comida para universitarios antes de regresar a casa.
Cuando llegamos a la casa, Julián y yo entramos con risas y bromas, aún disfrutando de nuestra tarde. Pero al abrir la puerta, nos encontramos con una escena curiosa: en la sala, Alex, en mi cuerpo, estaba viendo una película romántica con un hombre. Me detuve, sorprendida, y los dos se giraron para mirarnos.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunté, frunciendo el ceño.
—¡Eso debería preguntarlo yo! —respondió Alex, con tono relajado pero firme—. ¿Con quién vienes y por qué te comportas como si fueras…?
—Como si fuera joven —interrumpí—, algo que tú no valoras. Mírate, en mi cuerpo, perdiendo el tiempo con un hombre que ni siquiera conoces bien.
—Federico es un buen hombre —respondió Alex, tranquilamente—. Y, sinceramente, creo que me merezco disfrutar de mi vida, lo mismo que tú estás haciendo, ¿no?
Nos miramos fijamente. Algo había cambiado. Yo, la madre conservadora, ahora me sentía molesta, mientras que Alex, que solía ser cerrado, parecía relajado, libre y dispuesto a vivir sin prejuicios. La ironía no pasó desapercibida para ninguno de los dos.
—No puedes simplemente salir y ser alguien que no eres —dije, con las palabras escapándome sin control.
Alex soltó una risa suave.
—¿Y tú? ¿Qué estás haciendo? Fingiendo que eres un universitario relajado, mientras yo soy feliz por primera vez en mucho tiempo.
La discusión siguió, pero en el fondo ambos sabíamos que solo habíamos intercambiado cuerpos. Ahora yo era él y él era yo pero aún así, después de todo… él seguía siendo un amargado conservador pero ahora en un cuerpo maduro, acorde a como él se sentía, mientras que yo ahora era un joven homosexual enamorado de mi novio.
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