- Ey, ey… ¡Ey, despierta!
Gabriela abrió los ojos para ver a su antiguo cuerpo agarrando velocidad para tirarle arena, con dirección al rostro.
- ¡Ya desperté, detente!
Su viejo cuerpo frenó en brusco y sacó una sonrisa mientras que se llevaba una mano hacia atrás de la cabeza como gesto de disculpas.
- Para la próxima intenta despertar más rápido, menos mal tu cuerpo no es dormilón y puedo reírme ahora de mi antiguo cuerpo y sus somníferos hábitos.
- ¿Qué quieres?
- Pues saludarte nada más y despedirme.
- ¡¿Qué?!
- ¿Ya te olvidaste? Pero si era tu cuerpo… hoy por la noche regresamos a la ciudad, tú y mi antigua familia se quedan hasta el domingo.
- No puede ser… seguimos en el cuerpo del otro.
- Lo sé y es raro pero, ¿acaso hemos encontrado alguna solución a nuestro accidente? Tendremos que vivir en estos cuerpos por el resto de nuestras vidas.
Gabriela y Mauricio habían ido separados a las casas de playa de sus familias, como completos desconocidos. Una fuerte ola provocó que el joven Mauricio, quien trataba de agarrar una buena ola para montar tabla, perdiera el equilibrio y se llevado por el mar dando vueltas sin poder parar. En esos breves segundos, a parte de tragar muchísima agua, Mauricio salió elevado y golpeó la cabeza de Gabriela, una chica de 17 que estaba tranquila en la orilla del mar. Ambos cayeron desmayados.
Mauricio abrió los ojos lentamente, confundido y desorientado. La primera cosa que vio fue el rostro de una mujer madura, con cabello castaño y ojos castaños llenos de preocupación. Su rostro estaba cerca, demasiado cerca. Mauricio sintió su aliento cálido en su cara y se dio cuenta de que la mujer estaba haciendo respiración boca a boca.
Se sintió invadido y se incorporó bruscamente, empujando a la mujer hacia atrás. La mujer se sorprendió y se apartó, con lágrimas en los ojos.
— ¡Hija, por favor, despierta! —dijo, con alivio—. ¿Estás bien?
Mauricio miró hacia abajo y vio un bañador rosa ajustado a su cuerpo. Su corazón se detuvo al ver un par de senos redondos y firmes. Se sintió como si hubiera sido transportado a un cuerpo ajeno.
- ¿Qué... qué pasa? — tartamudeó, con voz femenina.
La mujer se acercó de nuevo, tomándolo de la mano.
- ¿Gabriela, mi amor? ¿Te duele la cabeza? — preguntó, con preocupación.
Mauricio se sintió incómodo, su corazón latía con fuerza. No sabía qué hacer con sus nuevos senos, ni con la sensación de tener un cuerpo femenino. Se sintió vulnerable y expuesto.
- ¿Qui... quién eres? —preguntó, intentando apartar su mano.
La mujer se sorprendió.
- ¡Soy tu madre, Gabriela! —dijo, con lágrimas en los ojos, se acercó par abrazar a Mauricio — Pensé que te nos ibas.
Mauricio se sintió abrumado. No sabía qué hacer ni qué decir. Solo sabía que no era Gabriela, y que su cuerpo no era el suyo. Se sintió mareado y se desmayó nuevamente, escapando de la realidad que no podía entender.
Gabriela abrió los ojos y vio un grupo de chicos riendo y hablando.
- ¡Ey, Mauricio! ¡Despierta, hombre! —dijo uno de ellos.
Gabriela se sentó y miró a su alrededor, confundida.
- ¿Qui… quiénes son ustedes? —preguntó, con voz masculina.
Los chicos se rieron.
- ¡Hombre, eres un verdadero campeón! ¡Te dijimos que tenías que ser más directo con las mujeres y directamente fuiste directo a chocar contra ese bombón de mujer! — dijo otro.
Gabriela se molestó.
- ¿Qué pasa aquí? ¡Ustedes son unos payasos! —dijo, pero se detuvo al escuchar su propia voz.
Miró hacia abajo y vio un cuerpo masculino, con bíceps marcados y cabellos en el pecho. Se sintió invadida.
De repente, su nuevo cuerpo le jugó una mala pasada. Su amiguito de abajo se volvió grande y los chicos la miraron raro.
- ¿Qué te pasa, Mauricio? —preguntó uno de ellos.
Gabriela se quedó callada, intentando procesar lo que estaba sucediendo.
Mauricio, ahora en el cuerpo de Gabriela, se sintió incómodo mientras caminaba hacia la casa de playa, obligado por su "madre" a descansar después del golpe. La arena se hundía bajo sus pies y el sol le golpeaba la piel, haciendo que se sintiera aún más desconectado de su nuevo cuerpo. La hermana menor de Gabriela lo miró con curiosidad, notando que su "hermana" caminaba de manera extraña, sin la elegancia femenina que solía tener.
Al llegar a la casa, Mauricio se apresuró a ponerse ropa cómoda y se refugió en el baño para almuerzar solo. Se sentía abrumado por la situación y necesitaba un momento para procesar sus pensamientos.
Mientras tanto, Gabriela, ahora en el cuerpo de Mauricio, se encontraba en una situación completamente diferente. Los amigos de Mauricio la recibieron con bromas y abrazos, y Gabriela se esforzó por adaptarse a su nuevo papel. Sin embargo, su mente aún era la de una mujer y no podía evitar sentirse atraída por dos de los amigos de Mauricio. Se sintió incómoda al notar que su pene reaccionaba a la proximidad de los chicos, y se esforzó por controlarlo.
Gabriela se sumergió en la conversación de los chicos, intentando olvidar su confusión y disfrutar del momento. Sin embargo, no podía evitar preguntarse cómo había llegado a esa situación y cómo podría regresar a su cuerpo original. La ansiedad la invadió, pero se esforzó por mantener la calma y seguir adelante.
Mauricio trató de pasar el día del intercambio durmiendo para así ignorar a su nueva familia. Sin embargo, la madre de Gabriela tenía otros planes, tocó la puerta y le dirigió la palabra.
- Gabriela, cariño, es hora de bañarte. Tienes arena por todas partes y hueles a mar.
Mauricio se quedó parado en la ducha, mirando los varios jabones y cremas para el cabello en el estante. Se encogió de hombros.
- Agh, mujeres. Demasiada complicación. Voy por lo simple.
Agarró el jabón blanco que estaba en el lavamanos y se lavó rápidamente.
Luego, buscó un champú que pareciera masculino y encontró uno con etiqueta negra y letras grandes. Nada de rosa y menos olor a piña, fresa o coco.
Se lavó el cabello con el champú y se rió.
- Espero que no me deje olor a flores.
Al intentar secar su cabello, se fastidió.
- ¿Por qué tarda tanto en secar? ¡En 5 minutos estoy listo!
Finalmente, se salió de la ducha y se miró en el espejo.
Entonces, vio por completo su nuevo cuerpo. Era una chica de piel clara, delgada, con rasgos curvilíneos y unos pechos redondos del tamaño perfecto, ni planos ni enormes. De curiosidad giró un poco su cuerpo, la parte bajo la cintura, aún mirando hacia el espejo bajo su mirada para ver su nuevo trasero, era tan bonito como podía imaginarlo. Puso las dos manos sobre las nalgas y las tocó, eran carnosas.
Sin el asco que tuvo hace horas contempló los pechos redondos y firmes que ahora eran suyos. Se sintió extraño pero tenia curiosidad, eran unas tetas hermosas adornadas con pezones rosados que simulaban la cereza de los pasteles. ¿Eran pechos bonitos? Sí. ¿Eran suyos? También.
Mauricio colocó las manos sobre su pecho, los dedos recorrieron con gentileza la curva de sus senos. Sintió un escalofrío al sentir aquella energía sexual cuando decidió pinchar con sus largas uñas uno de los pezones.
Estremecido, Mauricio se acomodó en el suelo de la ducha. Puso una mano acariciando uno de sus senos, mientras que la otra mano bajaba por la cadera hasta meterse a la entrepierna. Metió los dedos dentro de su nueva intimidad y los saco para saborear son su boca el sabor de su cuerpo. Volvió a poner los dedos adentro pero no los retiro hasta sentir como una especie de líquidos salía desde lo más recóndito. Activó nuevamente el agua y pasó rápidamente el jabón por sus piernas. Término de secarse y salió de la ducha.
- ¿Tan rápido te duchaste, hija?
Mauricio no sabía exactamente que responder a eso. Solo soltó una risa y empezó a buscar en la refrigerado algo que comer. Agarro algo de yogurt y le recostó en el sofá mientras veía lo que pasaban en la televisión. Cuando se aburrió fue al cuarto donde dormiría junto a la hermana de Gabriela, Sofía. Si bien los pechos sin duda eran sabrosos al tacto, aún eran incomodos y especialmente al intentar dormir. Mauricio toda su vida
Sofía se acostó junto a Mauricio en la cama y susurró:
- Gabriela, tengo un secreto que no le he contado a nadie.
Mauricio se inclinó hacia ella, intrigado.
- ¿Qué es, Sofía? Puedes confiar en mí.
Sofía se sonrojó.
- Me gusta un chico en la escuela, pero no sé cómo hablar con él. Me da mucha vergüenza.
Mauricio sonrió, intentando disimular su perspectiva masculina.
- Bueno, Sofía, te voy a dar un consejo. Los chicos somos un poco tontos, así que si quieres llamar su atención, debes ser directa y mostrarle tu personalidad.
- ¿Somos? — miró rara a quien pensaba que era su hermana pero al no ver reacción, continuó hablando — ¿Directa? ¿Qué quieres decir?
Mauricio se rió.
- Quiero decir que no te preocupes por ser demasiado tímida. Un chico nota cuando una chica se interesa por él. Solo necesitas ser tú misma y mostrarle que te gusta.
- Pero ¿y si me rechaza?
- Entonces no es el chico adecuado para ti. Pero si no lo intentas, nunca lo sabrás.
- Gabriela, ¿cómo sabes todo esto?
- Bueno, Sofía, he visto a muchas amigas pasar por lo mismo. Y además, ¿soy una chica, no? Me he enamorado se varios varones — decir esas últimas palabras fue incómodo para Mauricio pero le daba ternura apoyar a una niña en el amor.
Sofía asintió, convencida.
- Gracias, Gabriela. Eres la mejor hermana del mundo.
Durante los días posteriores al intercambio de cuerpos, Mauricio trató de acercarse a su viejo cuerpo pero siempre había un obstáculo, o bien estaban sus viejos amigos o bien era observado por la madre de Gabriela. Sin embargo, viendo el silencio de Gabriela y lo mucho que él empezó a disfrutar de ser una niña de casa y tener una hermana menor muy afectiva contó más que cualquier palabra, ellos querían quedarse en el cuerpo del otro.
Aquel viernes pudo escapar de la mirada de su “madre” pues ella estaba ocupada asegurándose de que no quedara nada sucio, pues alquilarían la casa para la siguiente semana a una familia amiga de ellos. En ese momento Mauricio, quien en la mañana había estado en la orilla junto a su hermana menor salió de la casa, aún en bikini y buscó a Gabriela, quien estaba sola durmiendo bajo la sombrilla.
La conversación fue simple, confesaron disfrutar la vida del otro e incluso contaron anécdotas incómodas. Gabriela fue la primera en contar su perversa aventura, durante su primera noche se quedó despierta hasta tarde y no dudo en pasar su mano sobre su miembro, mientras miraba en silencio a los amigos atractivos de Mauricio.
Ella esperó una reacción negativa de Mauricio pero él respondió contando su masturbación en la ducha y lo mucho que disfrutó probar el sabor de su nuevo intimidad, así como abrazar a su madre para sentir sus senos y los de él pegándose el unos a otros. Ambos se abrazaron y se despidieron, ambos dándole libertad en sus nuevas vidas al otro, aceptando ser un nuevo hombre y una nueva mujer, es así que Mauricio aseguró mover bien sus caderas para que Gabriela, ya actuando como varón, volteara a ver el carnoso trasero adornado por el bikini verde y deseara en un futuro poder reencontrarse con Mauricio para llevarlo a la cama.
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