miércoles, 14 de mayo de 2025

LA MASCARA MALDITA

La densa niebla cubría las calles, creando una atmósfera de misterio. Javier caminaba con las manos en los bolsillos, sintiendo el frío de la noche en su piel. Sus pasos resonaban en la calle vacía mientras miraba a su alrededor en busca de algo especial para su disfraz de Halloween.

Fue entonces cuando sus ojos se detuvieron en una tienda vieja y polvorienta. El letrero apenas colgaba de un clavo oxidado: "Reliquias del Pasado". La tienda parecía abandonada, pero la tenue luz de una lámpara titilante en el interior le indicó que aún estaba abierta.

Empujó la puerta con cautela. Un tintineo de campana rompió el silencio, y un olor a madera vieja y polvo llenó sus pulmones.

—Menuda tienda rara... —murmuró para sí mismo, recorriendo con la mirada los estantes llenos de objetos antiguos.

Un sonido seco llamó su atención. Al girarse, vio a un anciano de mirada inquietante y rostro arrugado, observándolo desde la penumbra. Sus ojos parecían hundidos en la oscuridad, como si estuviera atrapado entre las sombras.

—Bienvenido, joven. —La voz del anciano era rasposa, como si cada palabra le costara esfuerzo—. ¿Buscas algo especial?

Javier se encogió de hombros.

—Sí. Algo aterrador para Halloween. Algo… único.

El anciano lo miró fijamente durante unos segundos antes de esbozar una leve sonrisa. Luego, con manos temblorosas, se inclinó bajo el mostrador y sacó un objeto envuelto en un paño negro.

—Tengo justo lo que necesitas.

Con lentitud, retiró el paño, revelando una máscara blanca, con cuencas negras profundas y una expresión grotesca de terror. Estaba vieja, con grietas y manchas oscuras que parecían sangre seca.

Javier la tomó entre sus manos con curiosidad.

—Vaya… esto sí que es espeluznante. —Pasó los dedos por las grietas, sintiendo la textura fría y áspera de la máscara—. Parece de verdad.

El anciano entrecerró los ojos.

—Porque lo es.

Javier levantó una ceja, divertido.

—¿Cómo dice?

—Esa máscara… —susurró el viejo— contiene un alma atrapada desde 1855. No deberías usarla.

Javier soltó una carcajada.

—¿En serio? Suena a historia de película de terror.

El anciano no sonrió. Sus ojos se oscurecieron.

—No es una historia. Esa máscara ha sido testigo de horrores que no puedes imaginar. Quien la usa… —hizo una pausa, como si le costara pronunciar las palabras— pierde algo más que su rostro.

Javier observó la máscara por un momento más. Luego, sacó su billetera.

—Me la llevo.

El anciano suspiró con resignación, pero tomó el dinero y le entregó la máscara. Mientras Javier se alejaba, el viejo murmuró algo en un idioma desconocido.

Javier no lo escuchó.

El aire en el apartamento estaba denso. Javier observó la máscara entre sus manos, sintiendo una extraña sensación de inquietud recorriendo su cuerpo.

—Solo es una máscara… —murmuró, como si necesitara convencerse a sí mismo.

Se la llevó al rostro con un ligero temblor en las manos. En cuanto la superficie fría tocó su piel, un escalofrío le recorrió la nuca.

Y entonces, algo cambió.

Una presión insoportable le envolvió la cabeza, como si miles de agujas se clavaran en su cráneo. Su respiración se tornó pesada, irregular. Su visión se oscureció y un zumbido ensordecedor llenó sus oídos.

—¡Agh…! —intentó arrancársela, pero sus manos no respondieron.

Su cuerpo se quedó inmóvil. Su reflejo en el espejo comenzó a distorsionarse. Primero eran ondas sutiles, como un charco perturbado por una piedra. Luego, su imagen se deformó grotescamente: su rostro se alargó, sus ojos se hundieron en la sombra y su boca se abrió en un grito silencioso.

El dolor se intensificó. Un torrente de imágenes desconocidas invadió su mente.

Sangre.
Hombres y mujeres gritando.
Un cuchillo brillando bajo la luz de una lámpara de gas.
Una risa… profunda, inhumana.

—¿Qué… qué demonios es esto? —jadeó, sintiendo su conciencia desgarrarse.

De repente, sintió como si lo tiraran hacia atrás con una fuerza brutal. Su cuerpo se alejó del reflejo… pero él permaneció frente al espejo.

No.

No estaba frente al espejo.

Estaba dentro de él.

Javier intentó moverse, pero no tenía cuerpo. No tenía forma. Era solo una sombra atrapada en la superficie del vidrio.

En su lugar, alguien más estaba en su cuerpo.

Su reflejo se irguió lentamente y tocó su propio rostro con una sonrisa satisfecha.

—Dios… tanto tiempo atrapado… Finalmente, soy libre.

Los ojos de Javier se abrieron con horror.

—¡No! ¡Esto no es posible!

Su voz no salió. Solo el vacío respondió.

El impostor en su cuerpo observó sus propias manos, flexionando los dedos como si estuviera probando una máquina nueva.

—Mmm… un cuerpo joven, fuerte… Sí. Este servirá perfectamente.

Javier gritó con desesperación, pero su voz quedó atrapada en el espejo.

—¡Devuélveme mi cuerpo! ¡Bastardo!

El impostor se acercó al espejo con una sonrisa ladina.

—Oh, pero eso no sería divertido, ¿verdad?

Se inclinó hasta quedar cara a cara con el reflejo atrapado. Sus ojos brillaban con un destello macabro.

—Ahora soy tú.

Javier sintió pánico puro.

Intentó mover algo, lo que fuera: sus manos, su rostro, sus ojos. Pero nada respondió.

Solo podía mirar.

—¡Por favor, no lo hagas! ¡No sabes lo que estás haciendo!

El impostor rió.

—Sé exactamente lo que estoy haciendo.

Se enderezó y cogió el teléfono de la mesita de noche.

Carla: "Amor, ¿todo bien? Anoche no me respondiste."

Javier sintió una punzada de terror en el pecho inexistente.

—¡No… no te acerques a ella!

El impostor sonrió con malicia y escribió:

"Todo bien, hermosa. Nos vemos más tarde."

Luego, giró la cabeza hacia la máscara sobre la cama.

—No te preocupes, Javier. —Tomó la máscara y la guardó en un cajón, cerrándolo con llave—. No quiero que nadie la encuentre todavía.

Javier gritó con todas sus fuerzas, pero el impostor ya no lo escuchaba.

Él ya no existía en el mundo real.

Era solo un eco atrapado en el reflejo.

Y el asesino… apenas estaba comenzando.


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